domingo, 18 de marzo de 2012

El Sitio de Melilla

Monolito a la entrada de la Ciudad Vieja
que simboliza el Levantamiento del Sitio
El día 19 de marzo, a parte de ser la fiesta de San José, en Melilla se conmemora otro suceso histórico relevante para esta ciudad. En otra entrada de este blog, Levantamiento del Sitio de Melilla, ya expliqué lo que se hacía dicho día. Pero hoy quiero contar el hecho tal y como lo he podido encontrar recogida en libros que narran la historia de la Ciudad.

a) Los propósitos de conquistar Melilla

Desde 1757 era Sultán de Marruecos Mohammed ben Abdallah, cuyo talante realista le llevó a considerar, desde 1763 en que pasó por su mente el sitiar a Melilla, a la que incluso llegó a acercarse, que lo mejor para sus intereses era lograr un estado de concordia con España, la única potencia capaz de intervenir directamente en los asuntos de Marruecos. Por esta razón en septiembre de 1765 ordenó a las cabilas cercanas a las plazas españolas el cese de toda actividad hostil, orden que, como de costumbre, fue ignorada por aquéllas, de forma tal que en 1768, firmado ya el tratado de paz de 28 de mayo de 1767, envió a su hijo Muley Alí en una expedición contra el Rif, al que, al parecer, arrasó por completo, sin que tal acción disminuyera la presión de los rifeños sobre Melilla.

Durante los prolegómenos al Tratado de Paz de 1767 se vio claramente que el Sultán no estaba dispuesto a incluir los presidios norteafricanos entre los afectados por aquél, que oponiéndose rotundamente a que se les suministrase las provisiones necesarias y a que se ensanchara su territorio, tal como se le había solicitado; sospecha manifiesta al incluirse en el artículo 16 del Tratado la advertencia de que "si por inadvertencia sucediesen algunos casos no conformes con los artículos estipulados, o con una verdadera o recíproca amistad que ambas naciones se deben profesar, no por ello deberá quedar anulado el tratado de paz". Un no demasiado sutil anuncio previo de lo que habría de ocurrir en la zona de Melilla siete años más tarde.

En años sucesivos, las noticias sobre la actitud del Sultán con respecto a los presidios españoles se hacen cada vez más preocupantes.

En 1768, una embajada inglesa a la Corte cherifiana trató sobre la ayuda a prestar por los británicos en caso de que el Sultán se decidiera a atacar a Ceuta o Melilla. En marzo de 1769 la plaza de Mazagán cae en manos de Mohammed ben Abdallah, hecho que posiblemente influyera en el ánimo del Sultán para intentar lo mismo con los presidios españoles. En los dos años siguientes, Sidi Mohammed hizo en persona dos nuevas expediciones al Rif que pudieron tener relación con la preparación de sus tropas con vistas a un posible asedio de Melilla. Los rumores sobre los propósitos del Sultán toman incremento a medida que transcurre el tiempo, por lo que en 1772 se nombra una comisión para el reconocimiento de las plazas menores, con el fin de comprobar su estado de defensa. El nuevo Gobernador de Melilla, teniente coronel Carrión y Andrade, propone la toma de la Puntilla y formar en ella un apostadero cubierto que defendiera ese flanco, considerado el más débil para una futura defensa.

Por fin, en 1773, los informes del cónsul general, don Tomás Bremond, confirman los propósitos de Sidi Mohammed ben Abdallah, sobre todo al comprobarse el creciente armamento en manos de los marroquíes, la mayoría de procedencia inglesa.

En junio de 1774, el Sultán tenía reunido un ejército numeroso y bien equipado de toda clase de medios, sobre todo de artillería, y aunque hizo correr la voz de que lo destinaba a someter a las tribus rebeldes, ya nadie se engañaba sobre sus verdaderos propósitos.

Las murallas y edificios fueron reforzados para
hacer frente a la artillería
Desde tiempo antes en Melilla se hacían las obras y preparativos necesarios para soportar un asedio dilatado. Desde la Corte madrileña avisaban a Carrión para que evitara el menor descuido y "estar con la mayor atención y vigilancia". Para adelantar en las obras había destinado una unidad de doscientos soldados, al mando de sus cabos y sargentos, que trabajaban día y noche ininterrumpidamente. El propio Carrión tenía establecido un programa de defensa, de corte numantino, por el que la Plaza se defendería recinto por recinto hasta concentrar, en caso necesario, a los supervivientes en el primero de ellos, donde resistirían hasta el final.

Para el mando militar de las fuerzas de defensa se nombró al Mariscal de Campo don Juan Sherlock, llegado a Melilla en junio de 1774, y se ordenó que los regimientos de Infantería de España y La Princesa estuvieran preparados en Málaga para su envío inmediato a la Plaza en caso de necesidad.

Conocida ya la decisión del Sultán, para quien el tratado de paz de 1767 solamente contemplaba el paco de no agresión por el mar y no por la tierra, el día 23 de octubre de 1774, el rey Carlos III declaraba la guerra a Sidi Mohammed ben Abdallah, y se aprestaba a la defensa a ultranza de Melilla y el resto de las plazas africanas.

b) El asedio de 1774-1775

Por fin, un 9 de diciembre de 1774 hacían su aparición en el campo exterior de Melilla las primeras tropas del ejército marroquí, comenzando para Melilla el trance histórico de mayor relevancia de su historia, por las condiciones del sitio impuestas por el Sultán y por las consecuencias que pudieran haberse derivado del éxito de éste en su intento de apoderarse de la Plaza.

Es difícil de estimar el número de sitiadores presentes en la zona. Se han dado cifras muy diversas que en algún caso se han elevado hasta los ciento veinte mil en el número de aquéllos. Tal cifra es evidentemente muy exagerada si tenemos en cuenta los problemas de intendencia que supondrían el suministro diario para tal cantidad de gente. Estimamos como más razonable una cifra comprendida entre veinte y treinta mil soldados de a pie y a caballo.

Melilla comenzó su defensa con una guarnición de 776 individuos de tropa, cifra que durante el transcurso de los hechos aumentó hasta los dos mil doscientos, incluidos en seis regimientos de infantería y las compañías de pie fijo, a los que hay que sumar 887 desterrados que también fueron utilizados en la defensa, utilizándoles tanto en las obras como en el combate, incluyéndoles en las unidades de la Plaza.

La Puerta de la Marina, reconstruida tras el asedio.
Desde el primer momento los sitiadores se emplearon en el asedio con todos sus medios, especialmente de artillería, que no dejó de lanzar proyectiles sobre la Plaza día tras día, hasta el punto de que a los veinte días de comenzado el sitio se estimaba que habían caído sobre los recintos cerca de 3.000 proyectiles de todo tipo, lo que había producido la destrucción de 60 casas, con un saldo de víctimas de 12 muertos y 135 heridos.

Con evidente retraso, el día 12 del mismo mes se habían embarcado para la Península a la mayoría de las mujeres, niños y ancianos, aunque algunas esposas de combatientes se negaron firmemente a embarcar pese a la orden dada por el Gobernador, y permanecieron en Melilla colaborando en la defensa.

La escuadra del capitán de navío don Francisco Hidalgo de Cisneros participó en la defensa con cuatro fragatas, ocho jabeques y cuatro navíos, cuidando de mantener libres las comunicaciones con Málaga e impidiendo que el enemigo recibiera ayuda por mar, al mismo tiempo que utilizaba su artillería en el bombardeo del campo marroquí.

Durante el asedio se hizo uso de un tipo de guerra inédito hasta entonces en la Plaza: la guerra de minas. El ejército de Mohammed ben Abdellah pretendió introducirse en el Cuarto Recinto de Melilla por medio de obras subterráneas, a lo que se hizo oposición desde dentro utilizando contraminas que, mediante oportunas voladuras, impidieron que el enemigo lograra sus objetivos.

Transcurridos tres meses del asedio, en el que Melilla quedó arrasada en sus casas y muy dañada en sus fortificaciones, el Sultán Mohammed ben Abdellah dio por imposible su intención de tomar la Plaza. El país contiguo había sido prácticamente "comido", en expresión marroquí, el gasto en artillería había sido inmenso y las arcas del emperador estaban esquilmadas. El 19 de marzo de 1775, las últimas tropas del Sultán abandonaban la vega y concluía el sitio con un saldo final de víctimas indeterminado por ambas partes.

Escudo de Carlos III en el Torreón de San Juan,
reconstruido tras el asedio.
El sitio de Melilla fue ocasión para que resucitara la intención, por parte de algunos de los ministros de Carlos III, de abandonar la Plaza e incluso volarla, y aunque, al parecer, el Rey estaba de acuerdo con ellos, la idea fue olvidada con el paso del tiempo.

c) Consecuencias

El sitio de Melilla supuso que durante dos años aflojara la presión exterior de los cabileños, cuyos medio de vida habían quedado totalmente destruidos, habiéndose sumado éstos a la rebeldía general existente en el país por las grandes cargas de impuestos exigidas por el Sultán para recuperar la hacienda exhausta.

No cesaron, sin embargo, en años posteriores, las amenazas sobre Melilla, incluso en los posteriores a la firma en 1780 de un Convenio de Amistad y Comercio. (Casi podemos decir que han llegado hasta nuestros días, como puede leerse en la prensa reciente: La Audiencia Nacional juzga a nueve islamistas que querían "liberar" Ceuta y Melilla) Habían vuelto las cabilas  cercanas a la antigua actitud beligerante, y cuando el Gobierno español expresó sus quejas al Sultán, el emperador respondió, en reconocimiento de impotencia, que sus súbditos cercanos a Melilla llegaban "al extremo de mostrarse insolentes con él".

En marzo de 1782 se dio el caso insólito, aunque repetido años más tarde, de firmar una paz particular entre las cabilas de Guelaya y el gobernador de Melilla, comprometiéndose ambas partes a un armisticio. Lo más singular de la situación fue que en la firma no intervinieron los gobiernos de España y Marruecos ni aún el Capitán General de la Costa de Granada, aunque el acuerdo fue ratificado más tarde por las Cortes de Madrid y el Majzén marroquí.

En el mes de julio siguiente fue advertido Floridablanca de que el príncipe Muley Abderrahmán pretendía ir a Melilla, para tomarla y convertirla en capital de una regencia bajo su autoridad, pero, muy al contrario, el príncipe fue recibido en la Plaza con todos los honores, donde incluso pernoctó durante dos noches, produciendo una magnífica impresión entre la guarnición.

En Melilla se procuraba estar en los mejores términos con los rifeños fronterizos, permitiéndoseles incluso curar sus enfermedades en el hospital de la Plaza, aunque, como era ya costumbre, la armonía entre españoles y rifeños era siempre temporal, y pronto volvieron de nuevo las agresiones y las bajas como consecuencia de ellas.

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